La escalofriante confesión de las Farc: matar, rematar y contramatar

Las FARC admitieron su autoría en el asesinato de un excandidato  presidencial y otros crímenes - Télam - Agencia Nacional de Noticias

Son seis nombres. Seis personas de ideales y valores bien distintos. Pero todos, según su propia confesión, caídos por las balas de esa poderosa máquina de matar llamada Farc-Ep.

Algunos de ellos de un papel de enorme trascendencia como Álvaro Gómez Hurtado (2 de noviembre de 1995), uno de los firmantes de la Constitución que hoy nos rige. Hombre brillante, culto, argumentativo y doblemente víctima de los alzados en armas. Primero secuestrado por el M-19 y ahora, según esta revelación, asesinado por las Farc.

“Mi padre fue también un defensor infatigable de la paz cuando se hizo el Frente Nacional”, escribió en un conmovedor texto publicado en EL TIEMPO su hijo Mauricio, quien, a propósito, no cree en esta nueva versión del asesinato.

“Y fue siempre un abanderado de la democracia y del debate de las ideas; sus iniciativas políticas en ese sentido son incontables, e incluyen la elección popular de alcaldes, por ejemplo. Rechazó toda su vida el uso de la violencia como un medio legítimo en la política y decía que el país no tiene por qué acostumbrarse a oír solo la voz de las metralletas”, agregó en su reflexión en este diario.

“Álvaro Gómez fue uno de los artífices y firmantes de la Constitución de 1991, y allá coincidió, lo cual reivindica sus credenciales como demócrata y un hombre de paz, con sus secuestradores de la víspera, el M-19. Con ellos y muchos otros más, ayuda a concebir esa carta que para él fue un acuerdo sobre lo fundamental: un pacto de convivencia y un relato de un país mucho más justo, democrático e incluyente”, argumentó.

En la lista también está Jesús Antonio Bejarano (15 de septiembre de 1999). ¿Cuántos hombres como él querían tanto la paz en el país? Economista de la Universidad Nacional de Colombia, experto en la resolución de conflictos, consejero de paz en los gobiernos de Virgilio Barco y César Gaviria, fue muerto un frío 15 de septiembre de 1999 cuando encapuchados le dispararon en el pasillo del edificio de Contaduría de la Universidad Nacional.

En su vasta obra están muchas de las claves teóricas para resolver nuestro conflicto armado. “A las guerrillas hay que escucharlas para comprenderlas”, decía. Su clamor fue apagado, ahora viene a saberse, por esas mismas Farc.

¿Cuándo las Farc optaron por asesinar a Gómez Hurtado y a Bejarano que consideraciones tendrían? ¿Con qué lógica tomarían semejante decisión?

Porque si bien “la guerra es el reino de la incertidumbre”, como decía Clausewitz, hay lógicas más sencillas de asimilar porque, por ejemplo, pertenecen a bandos distintos. Así en la otra orilla de esta inesperada lista está el general Fernando Landazábal Reyes (12 de mayo de 1998), hombre recio que los enfrentó sin cuartel y con la convicción de que era su obligación como soldado de la patria.

O el representante a la Cámara Pablo Emilio Guarín (15 de noviembre de 1987), a quien se lo señala como uno de los fundadores del paramilitarismo en el país.

Guarín era uno de los principales líderes políticos en Puerto Boyacá, anticomunista férreo y siembre en búsqueda de sumar combatientes a su casa. De hecho, se dice, que Iván Roberto Duque, alias Ernesto Baéz, de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), fue uno de sus ahijados políticos.

Guarín defendía con orgullo esa gigantesca valla puesta a la entrada de Puerto Boyacá que decía: ‘Bienvenidos a la capital antisubversiva de Colombia’. En el camino de luchar contra la izquierda se alió con los narcos y terratenientes de extrema derecha, que a la larga pusieron la semilla para el paramilitarismo que terminó haciendo correr más sangre.

Álvaro Gómez fue uno de los artífices y firmantes de la Constitución de 1991, y allá coincidió, lo cual reivindica sus credenciales como demócrata y un hombre de paz

Y también en la lista están Hernando Pizarro León-Gómez (25 de febrero de 1995) y José Fedor Rey (‘Javier Delgado’), (30 de junio de 2002), dos nombres que a la mayoría de los colombianos no les dicen nada, pero que, sin embargo, escribieron una de las páginas más espantosas de nuestra historia.

Ocurrió en el Cauca, en esa cadena de cúspides que forman un macizo espléndido, de belleza incomparable, donde la neblina se posa con frecuencia y en la que aún corre el fantasma de un hecho por el cual los más viejos se santifican al recordar. 

Entre noviembre de 1985 y enero de 1986, en Tacueyó, cuando ‘Javier Delgado’ y su lugarteniente más cercano, Pizarro Leongómez, asesinaron a sangre fría a 164 de sus compañeros de una guerrilla que se llamó ‘Ricardo Franco’. Sí. 164.

‘Delgado’ era un hombre de confianza de Jacobo Arenas en las Farc, en donde había militado durante años, pero tenía un delirio de grandeza que lo llevó a creer que él sería capaz de fundar una guerrilla más poderosa para tomarse el poder. Entonces se fugó con un millón de dólares y formó su propio grupo. 

Poco a poco, su estructura creció. Un estudiante iluso, un campesino de la región, un humilde muchacho que soñaba con la revolución. Eran casi 200 combatientes los que lo seguían con fe ciega, hasta que un día se despertó con la idea de que entre ellos había gente infiltrada de las Fuerzas Armadas.

Entonces amarró a media docena de ellos y ordenó torturarlos hasta que confesaran. En medio de las atrocidades, un niño de 15 años imploró que no le hicieran más daño y que sí, que era verdad, que él en realidad era un oficial del Ejército Nacional. El jovencito y sus más cercanos murieron acuchillados.

Hubo algunos que protestaron porque sabían que era imposible que a la edad del muchacho fuera quien decía ser. Delgado interpretó eso como un gesto de solidaridad con los traidores y ordenó hacerles lo mismo. En esta espiral asesinó así a casi todo el grupo, en la mayor matanza de este tipo de la que se tenga memoria en el país. La mayor parte fueron descuartizados. “Para no gastar balas”, argumentó Delgado.

Las imágenes de las fotografías de sus víctimas con cadenas amarradas a sus pies, manos y cuello, mientras esperaban su ejecución, forman parte de las páginas más vergonzosas de nuestra historia. Luego se perdió el rastro de ellos hasta que las Farc los encontró y los mató, como acaba de reconocerlo ante la JEP.

Son seis nombres. Seis historias tan distintas y con orígenes tan diversos como parecido su final: caídos por las balas de una guerrilla que disparó durante medio siglo.

¿Por qué? ¿Por qué a Gómez Hurtado? ¿Por qué a Bejarano? Hay que tomar el título de ese riguroso trabajo de María Victoria Uribe Alarcón, Matar, rematar y contramatar, para tratar de entender semejante delirio.

¿Por qué? Decía Joaquín Villalobos, antiguo comandante del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y hoy respetado académico, que la única regla cuando se funda una guerrilla es que no haya reglas. Eso, posiblemente, les pasó a las Farc. Perdieron el rumbo y en ese extravío quien no estuviera con ellos, interpretaban en su delirio, estaban contra ellos. Y sin reglas, pues había que quitarlo del camino.

Su obligación –ahora que la sociedad colombiana les ha abierto con generosidad las puertas a la vida civil con el proceso de paz– debería ser un cambio en su línea de acción: verdad, la verdad y solo la verdad.

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